Normalmente,
los héroes cotidianos actúan, pero no salen a la luz. Servicios de
emergencia, Policía, servicios sociales o normales transeuntes. Unos
por vocación y otros por sentido de la responsabilidad, cada día
mucha gente salva vidas en ciudades como Madrid sin que trascienda.
Esta vez, sin embargo, el héroe tiene nombre y apellido. David
Maroto es un joven Policía Nacional de 31 años que trabaja en el
Grupo III de la Sección de motos «Alazanes» de la Brigada Provincial
de Seguridad Ciudadana. Y ayer tuvo la rapidez de reflejos y la
templanza necesarias para salvar la vida de un hombre accidentado en
la M-30. Sus conocimientos de primeros auxilios, adquiridos en
anteriores trabajos como técnico de emergencias fueron clave para
que la vida que pendía de un hilo aguantase hasta la llegada del
Samur.
El lo cuenta sin darle demasiada importancia, aunque reconociendo
que «cuando me di cuenta de que volvía a respirar no cabía en mí».
Salía con sus compañeros desde la casa de Campo hacia la M-30 cuando
se toparon con varios vehículos de limpieza, cuando, cuenta, «nos
dimos cuenta de que había un coche accidentado junto al guardaraíles».
El conductor, un hombre de avanzada edad, estaba inconsciente y como
pudo comprobar David, le faltaba el pulso y no respiraba. Su mujer
estaba consciente y orientada, pero atrapada en la cabina.
Situación límite
No era la primera vez que se enfrentaba a un momento de alta
tensión, ya que ha trabajado de técnico de emergencias, en cruz
roja, en protección civil. «Además mi mujer es sanitario», comenta,
«así que tengo conocimientos sobre el tema. «Valoré la situación y
me di cuenta de la gravedad, lo saqué del coche por las axilas y
comencé a hacerle un masaje cardíaco». La vía respiratoria estaba
obstruida por la dentadura postiza. «Mientras, su mujer me iba
contestando a gritos a las preguntas que yo hacía». Así se enteró de
que el hombre había sido operado ya dos veces del corazón. Fue, con
toda probabilidad un colapso cardíaco lo que provocó que perdiera el
control del vehículo y se estrellase.
David insistió en que la mujer no saliese del coche, ya que, «la
situación no era agradable de ver». Mientras, los compañeros se
osupaban del tráfico, para tratar de aliviar el lógico atasco y
asegurar la zona de arcén donde David maniobraba. Los pocos minutos
que pasan desde que ve el accidente hasta que el Samur hace acto de
presencia «no debieron de ser más de ocho o diez, pero se me
hicieron eternos», comenta el agente. Finalmente, llegan los
efectivos de emergencias, para quienes David solo tiene elogios.
«Son una gente excelente, se portaron genial, una pasada», y en el
tono de sus palabras se trasluce que no es un halago rutinario, sino
la pura verdad. Se hacen cargo de la reanimación y, una vez
completada, se llevan al hombre al Hospital Clínico, donde ingresa
grave.
Después han venido las felicitaciones oficiales, las llamadas de los
jefes y otros merecidos reconocimientos. Mientras, muchos otros
salvadores anónimos siguen con su trabajo diario y oculto.


