¿Revolución en la Sanidad?
Diario Médico
Las constantes protestas actuales de los
médicos son una llamada de urgencia que exige a gritos un cambio en la
estructura del Sistema Nacional de Salud. Hace falta una revolución liderada por
las organizaciones profesionales para dar al facultativo un protagonismo
creíble.
El recuerdo de mayo del 68 me ha venido a la
cabeza tras las recientes manifestaciones de los estudiantes de medicina en un
momento de huelgas médicas en cascada. ¿Ha llegado la revolución a la Sanidad?
¿Se están dando las condiciones para generar un movimiento imparable que tumbe
el inmovilismo de la Administración en este terreno? Los estudiantes están
preocupados, y se quedan cortos, pues es helador comprobar el clima de malestar
que existe actualmente entre los médicos.
El desasosiego que se percibe en
cualquier encuentro de médicos es de carácter transversal, con independencia de
la comunidad autónoma y del color político que gobierne la Sanidad. Al médico no
le asustan la responsabilidad y el esfuerzo, pero le destroza verse sin la
capacidad de gestionar los medios necesarios para cumplir sus obligaciones
profesionales y sentirse como la pieza de una cadena de montaje.
Ejemplo 1:
contamos con una exigente legislación a la hora de garantizar el derecho a la
información del paciente, pero, a la vez, nos encontramos sometidos a una
masificación asistencial de consultas sin límites, donde a menudo es imposible
cumplir estas normas legales. Ejemplo 2: la mayoría de los facultativos cargan
con una burocracia insufrible, mientras se observa cómo en otros sectores de
servicio al público con menor trascendencia social ya hace muchos años que se
han superado problemas similares con tecnología y constante innovación.
El
médico se siente atrapado. Por un lado, la incontinencia de la propaganda
política que no cesa de prometer más y más prestaciones sanitarias, sin echar
cuentas de los medios disponibles. Se alimenta una irresponsable escalada de
"consumismo sanitario", que luego los ciudadanos llevan a las consultas médicas
enarbolando sus derechos. Por otro lado, los presupuestos sanitarios cada vez
más limitados, cuyos gestores aparentemente no pertenecen al mismo planeta de
los políticos que prometen a diario un "mundo feliz". En medio, al médico le
toca decir la verdad y gestionar la cruda realidad en un clima que cada vez
produce más roces con los usuarios.
Es fácil de entender que este cóctel es
explosivo y se convierte en un torpedo en la línea de flotación de la relación
médico-paciente, pues daña gravemente el clima de confianza haciendo que el
profesional se sienta impotente y desanimado. No hacía falta tener una bola de
cristal para predecir que la mecha de la conflictividad iba a prender con
facilidad.
La solución a la que se está recurriendo para apagar el incendio
es de manual: aumentemos la oferta de médicos en el mercado (importación +
fabricación) y el sector se apaciguará, porque pronto volveremos a tener un
exceso de médicos suficiente para que sean aceptados de nuevo todos los
contratos basura sin rechistar, como ha venido ocurriendo desde la
proletarización médica de los años 80 hasta hace bien poco.
La
huida de los políticos y el liderazgo
La revolución es
imparable, bienvenida sea. A las organizaciones profesionales les corresponde la
responsabilidad de liderarla para alcanzar un nuevo marco forzando las
necesarias reformas estructurales de las que la clase política huye como gato
del agua, tal como se comprobó en la reciente campaña electoral. El liderazgo es
imprescindible para saber hacia dónde vamos, no se vaya a cumplir la famosa
sentencia de Don Fabrizio en El gatopardo -"Algo debe cambiar para que todo siga
igual"- que tantas revoluciones ha frustrado.
Los expertos en gestión no
dudan en defender la necesidad de realizar cambios profundos en nuestro modelo
sanitario. Esto, sin duda, requerirá un tiempo de pactos y negociación. Pero
mientras tanto, a corto plazo, es imprescindible abrir ya una reflexión sobre la
equivocada y trasnochada política de recursos humanos de los servicios
regionales de salud que pone el acento en los salarios y minusvalora la
promoción y el prestigio.
Hay que tomar nota del desapego que los médicos
tienen hacia los servicios autonómicos de salud para los que trabajan, que
deberían cuidar mejor a sus profesionales porque no se sienten apreciados ni
valorados y por eso las comunidades pierden a sus facultativos a la mínima. Esto
es letal para cualquier empresa que por definición aspira a la excelencia, algo
a lo que la Sanidad no tendría que renunciar. Esto tiene mucho que ver con uno
de los problemas más graves al que se debe hacer frente, que es el escepticismo
reinante, porque ya nadie se cree la palabrería de turno. La solución: un pacto
de Estado, por encima de los reinos de Taifas, en cuyo liderazgo los
profesionales tengan un protagonismo creíble.
Rogelio Altisent.
Presidente de la Comisión Central de Deontología de la Organización Médica
Colegial 12/05/2008